¿HACIA DONDE?, ¿HACIA QUE?
Creo que el mejor aplauso y refuerzo que puede recibirse es el que uno se concede a sí mismo al terminar de hacer las cosas lo mejor que se puede. Pero las mejores "obras de arte" que producimos en nuestra vida, casi siempre tienen lugar en silencio y sin espectadores.
Necesitamos, no obstante, espacios
en los que poder expresara el mundo interno de cada uno y la dimensión social
de las cosas cotidianas. Ello nos permitiría construir una sociedad de individuos
adultos y responsables, cada vez más comprometidos con los grandes problemas
que se nos plantean. El mundo de los sentimientos, la poesía, la música, la
mística, y cualquier otra formas de sensibilidad artística y espiritual,
deberían cultivarse creo yo mucho más de lo que hoy se hace.
Los grandes espectáculos musicales
multitudinarios, en los que el artista llena toda la escena con un sonido
atronador, luminotecnia y prodigiosos efectos especiales, mientras los
espectadores se convierten en hormiguitas hipnotizadas, siempre termina
decepcionándome un poco. Prefiero más los espacios pequeños y comunitarios en
los que es fácil comunicar, cantar, escenificar y compartir los aspectos más
sencillos de la vida cotidiana, en un ambiente informal y creativo.
Me gustaría que en todas las
ciudades hubiera numerosas salas de arte y espectáculos, repartidas por los
barrios y el centro, en las que se programaran actividades diversas, con
enfoques plurales y con públicos participativos. Es desde la diversidad desde donde
cada cual puede conectarse con aquello que más le gusta y le humaniza. No es
sensato que la única producción artística importante que consumamos sean los
multitudinarios conciertos de masas, a cargo de los artistas de moda, y,
simultáneamente, ignoremos otras manifestaciones artísticas de carácter local o
comunitario, no menos importantes, pero si más desconocidas.
Nuestra mejor gente, difícilmente
encuentra en nuestra sociedad ni canteras ni públicos que potencien la creación
y el talento de manera incondicional. Si pensamos en Picasso, Buñuel, o tantos
otros que se fueron buscando ambientes más favorables, hemos de convenir en los
demoledores efectos que produce trabajar en contextos hostiles a la innovación
intelectual, científica o artística. Y por mucho que esto nos duela las
soluciones a este problema no pasan por reivindicar el origen español de Pablo
Picasso, puesto que todos sabemos perfectamente que este hizo su obra en París.
En España no se quiere ni aplaude a
los intelectuales y artistas que se atreven a rompen los moldes establecidos
por la tradición social, pero se admira con reverencial sumisión a los famosos
que siguen la corriente de la moda y a los personajes y personajillos que
ostentan Poder. Pedro Almodovar empezó a ser tenido en cuenta cuando Francia le
concedió la Legión de Honor, y poco después Hollywood reconoció su valía como
realizador cinematográfico. A partir de ese momento Almodovar se convierte en
una bandera nacional. Pero en este juego, a la gente no le seduce tanto su
talento como su popularidad mundial. Se admira más la fama y el poder que
Almodovar tiene, que su obra y la crítica social que esta encierra.
¿Cuantas veces nos fijamos en los
pequeñitos? ¡Pocas. Muy pocas! Yo prefiero el Pedro Almodovar -hormiguita laboriosa-,
que durante los años 80 desmontó en sus películas muchos de los mitos sobre la
sexualidad carpetovetónica imperante, cuando pocos le hacían caso, y solo era un
realizador marginal.
Esta envidia que siempre hemos
tenido hacia lo nuestro, herencia de nuestra historia, parece mostrar
últimamente algunos síntomas de debilidad.
Y es que nuestra Inquisición se encargó como nadie de enseñarnos a
desconfiar de cualquier "Cristiano Nuevo" que sobresaliera en algo de
forma sospechosa. Es decir, aprendimos a ir contra los mejores.
Es fácil creer que estas cosas
pertenecen a un pasado remoto, sin relación con el día a día, pero no es así.
La envidia por el éxito ajeno sigue viva en nuestra piel social como
ninguna otra cosa, y es la principal causa de la tara espiritual que
padecemos desde hace mucho tiempo, que no es otra que nuestra famosa
incapacidad para coordinarnos unos con otros y trabajar en equipo
eficientemente. Ello hace que recurrentemente apliquemos la única solución que
conocemos: el individualismo en todas sus manifestaciones. Este desemboca en la
falta de respeto que profesamos a los demás, puesto que cada uno nos creemos
superiores a todos. ¿Como explicar sino que seamos tan cainitas, y que nuestra
identidad nacional siga aún tan desdibujada? ¿Como explicar sino la pasión
creadora que demostramos en otras culturas, cuando conseguimos abandonar estas
formas de pensamiento y acción?
España es la monarquía que más
repúblicas ha creado en el mundo. Pero con ellas mantenemos relaciones
distantes y superficiales, a pesar de las profundas raíces que nos unen.
Sabemos que deberíamos intensificar los intercambios con América a todos los
niveles, pero en lugar de hacerlo nos hemos inventado una fiesta, el 12 de
octubre, mientras el resto del año ignoramos
a nuestros hermanos americanos, con los que compartimos cultura, sensibilidad y
sangre.
Al comportarnos así nos negamos a nosotros mismos y nos empecinamos en
no aceptar nuestro papel en el mundo. No conocemos sus ciudades (que fundamos
nosotros), sus monumentos (que hicieron nuestros abuelos), sus regiones (que
son las más bellas del mundo), y los nombres de sus presidentes y líderes.
Hablamos de ellos como si no tuvieran nada que ver con nosotros; como si la
sangre que circula por nuestras venas no fuera la misma, y como si nuestras
formas sociales y culturales fueran incompatibles. Pero son prácticamente iguales.
Cometemos un grave error, puesto que las mejores realizaciones que nuestros antepasados
hicieron en los últimos siglos, se encuentran, sin duda, en la América hermana.
Redescubrir su realidad es descubrir nuestra propia esencia. Hemos de abrirnos a nuestra gran
riqueza, que se manifiesta en una gran diversidad de pueblos, plazas, paisajes,
arquitectura, y lenguas. Abrirnos como lo hacía la sociedad del Rey Alfonso X
"El Sabio", rey de Castilla y León, en la que convivían pacíficamente
moros, judíos y cristianos, consiguiendo uno de los momentos de mayor esplendor
intelectual y económico de nuestra historia. Después, cuando una de las tres
etnias se empeñó en borrar a las otras dos y lo consiguió, sobrevino una larga
noche de olvido y desastres, de la que aún no hemos terminado de recuperarnos.
La diversidad cultural y artística
es esencial si queremos construir una sociedad madura, abierta y plural. No
sería mala inversión ir sembrando las semillas del respeto hacia los que son
"diferentes" a nosotros, en lugar de seguir hablando de tolerancia.
Desde una actitud de poder se tolera, pero desde una actitud de igualdad se
respeta. No olvidemos que la paz no es el bien más importante que hemos de
conseguir entre los hombre, sino la justicia, como ya nos enseño León Felipe.
El autentico respeto hacia el otro, pasa por el intercambio de ideas, la
confianza, la crítica, los negocios, y el conocimiento de sus tradiciones y
manifestaciones artísticas.
Si decidimos llevar a la práctica
estos valores como un hábito más de nuestra vida cotidiana, será inevitable
volver al combate. Hoy os
ofrezco las canciones con las que un día peleé. En ellas viven mis sueños,
pero mis sueños forman parte también de los vuestros, y todos juntos alimentan
el alma de este planeta Azul, que sigue evolucionando, como lo hace
la vida en todo el universo.
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